¡Llevaba años queriendo escribir un post sobre mi experiencia con el yoga! Pero desde mi primera vez hasta hoy he atravesado por tantas fases y todas tan distintas y contradictorias que me resultaba imposible sacar ni una sola conclusión provechosa.

Y es que a lo largo de mi corta e irregular vida de yoguini no me he sentido ni por un solo instante preparada para dar por aprendido nada. Ni un principio. Ni una asana o postura. Ni un pranayama o respiración. Por simples que aparentemente fueran, por más libros que he leído y por más retiros, talleres y cursos a los que he asistido.

Y aún así sigo fascinada por esta ¿técnica? Después de cuatro años mantengo intacto mi interés por aprender. Como un perrito merodea una casa esperando a que le abran las puertas para entrar al calor de un hogar. Así estoy yo con el yoga.

Todo mi afán nació precisamente a raíz de correr. Yo tenía la visión de que mis músculos acortados por el impacto del running encontrarían remedio con las hiperextensiones que había visto en Instagram. Me moría de ganas de poner la pierna detrás del cuello y ver el mundo del revés, apoyando sobre mis brazos lo que siempre apoyaba sobre mis pies. Soy flexible por naturaleza así que no tardé demasiado en poder imitar algunas asanas muy pintonas para las redes sociales.

La cosa cambió el día que me vine muy arriba y practicando sirsasana en el Parque Tico Medina, una postura invertida en la que apoyas el peso de tu cuerpo sobre la cabeza y los antebrazos, tuve miedo, empecé a patalear y perdí el equilibrio dejando caer los más de sesenta kilazos de mi cuerpo sobre mi cuello. Pude oír el crack. Desplazamiento de la vértebra atlas con mil y un síntomas que ya narré aquí. Un año de médicos, frenazo en lo deportivo y pánico a hacer cualquier cosa que involucrara al cuello. En el lado positivo, entendí algunas cosas. Muchas.

Entendí que practicar yoga no es como correr, no basta con querer para empezar. Hay que saber cómo hacerlo bien. Entendí que no se puede hacer yoga con prisa ni con impaciencia. Entendí que solo se puede aprender practicando, cuanto más mejor, y que no hay atajos. Entendí que los maestros de yoga ajustan las posturas pero sólo tú sabes hasta dónde puedes llegar sin lesionarte. Entendí que ser capaz de entrar en la versión avanzada de una postura no significa hacerla bien…

Todo eso entendí y se lo debo a Carlos y a Paula de Studio Ekam, con quien me inicié y a quienes volveré una y otra vez para seguir aprendiendo… Y se lo debo a mi práctica y a mi cuerpo, con el que mantuve largas horas de conversación durante mi convalecencia que me ayudaron a comprender que aún me queda mucho por aprender.

Formación de yoga con Sebastián Arbondo en Granada

El pasado fin de semana di un paso más en este aprendizaje sin final que creo que va ser fundamental en la evolución de mi práctica. Participé en una formación de tres días en Hatha Vinyasa Yoga con Sebastián Arbondo, prestigioso profesor de yoga afincado en Japón. No me voy a extender demasiado sobre su figura porque prefiero que buceéis en su web y alucinéis. Ana Pisador, profesora de yoga en Granada, me invito a participar en esta formación con estas palabras: “vas a aprender en tres días más que en tres años”. ¿Aprender? ¿yo? Allí que fui sin dudarlo.

La primera jornada la dedicamos en su totalidad a estar de pie. La postura del árbol. Tadasana. Yo, que al finalizar la formación me veía retorciéndome como el cable de un teléfono, que creía que en tres días Sebastián iba a obrar en mi el milagro de ponerme boca abajo otra vez, empecé a comprender que el aprendizaje al que se refería Ana iba a ser bien distinto.

Tres horas de pie, tensando y destensando tendones, contrayendo y relajando músculos, rotando, uniendo y separando huesos, inspirando y expirando, fijando la mirada en un punto fijo y tratando se expandirla al mismo tiempo para obtener una visión periférica. No es nada místico. Es pura conciencia corporal.

Lo primero que me llamó poderosamente la atención de Sebastián fue su profundo conocimiento anatómico. Para los fisios y otros profesionales sanitarios que asistieron a la formación pudo resultar fácil seguir las instrucciones pero yo confieso que en ocasiones me enredé tratando de alinear astrágalos y metatarsos de ambos pies, separando la pelvis subiendo el sacro y bajando el cocxis, subiendo los isquiones al tiempo que distanciando los huesos ilíacos, ensanchando las escápulas y las costillas flotantes…

Lo mejor, que a pesar del abrumador nivel de detalle al que baja Sebastián para explicar cómo hacer correctamente una asana existen pautas básicas (que no sencillas de ejecutar) que valen para toda la práctica y que, tras su formación, son difíciles de olvidar:

En todas las asanas, para que algo suba algo tiene que bajar…

Las asanas te ayudan a encontrar el equilibrio dentro y fuera de la esterilla…

Es la asana la que se adapta al cuerpo y no el cuerpo a la asana…

Protege tus fortalezas, trabaja tus debilidades…

Practicamos siempre para llegar a Sama que es el centro, el balance, la ecuanimidad…

Ahora, intenta quitarle tensión a la postura (cuando ya has seguido todas las instrucciones posturales y estás en ella con atención plena)

En definitiva, con Sebastián entendí que practicar mal yoga es mucho peor que no practicar yoga. Y que no hacerlo bien es mucho más fácil que no hacer bien otros tipos de entrenamiento que no requieren tantísima conciencia corporal. Así que practicar yoga no entra dentro de ese listado de cosas que debes hacer antes de morir sino dentro de los posibles cambios vitales que te gustaría probar. Si es que quieres que te cambie la vida. Que no tiene porqué.

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